Por Eugenio Ortiz Carreño/Puerto Vallarta
Sin duda que Puerto Vallarta como destino turístico siempre busca actualizarse y renovarse en la prestación de sus servicios al turismo.
Apenas despunta la mañana, los primeros rayos del sol salen como ráfagas perdidas en la profundidad del azul del mar y en la zona de los muertos, justo al lado del majestuoso conjunto de condominios de Molino de Agua se juntan una docena de pescadores unos lo hacen con caña de pescar, otros con pequeñas redes.
Quizá algunos turistas se confundan con que son nativos pescadores los que están en la zona, pero no, también son turistas nacionales que les ha llamado más la atención aprender a pescar, que irse en un paseo en banana, subirse a un kayak o surcar los cielos con parachute y toparse en el aire con los pelícanos.
Quienes alquilan las cañas de pescar se cuidan “de los preguntones”, no quieren dar informes a menos de que vaya en serio que quieren probar suerte y pescar.
Dan sillas de playa para las mujeres y niños que los acompañan, porque sólo los varones se animan a lanzar el anzuelo.
Los que ya saben, entre risas explican una y otra vez a un turista que viene de Tepic, Nayarit que “así no lance la carnada porque ya van tres camarones” que pierde antes de que el largo de la cuerda de la caña de pescar se meta por sí sola al agua y le quitan la caña, le explican y lo dejan a la espera de que un pez se anime a coger la carnada.
PARA EL RECUERDO
Otros son más hábiles en el manejo de las cañas de pescar y aunque el tamaño de la presa no es de gran tamaño, como si pescaran en altamar, el hecho de atrapar un pez, de ser “pescador para el recuerdo” de unas vacaciones muy distintas, quizás aquellas que llevan el plus de “fui a pescar a Puerto Vallarta” es el atractivo.
Perdido entre los aficionados a pescar, con caña, o con tarraya va y viene un vendedor de ostiones, en plato, no en su concha.
Con su uniforme blanco ofrece su mercancía, pero no tiene ninguna credencial colgando al pecho que indique que la actividad que realiza cuenta con permiso, así como el que alquila las cañas, tampoco tiene permiso.
ÁREAS DESCUIDADAS
Mientras otros turistas optan por recorrer a pie el malecón, y se bajan del autobús desde el hotel El Rosita, y van a su paso tomando fotos, se nota lo descuidado de las áreas jardinadas que se encuentran en el trayecto del malecón.
También resulta visible el descuido en que se tienen las esculturas, sobre todo el conjunto denominado “Las Sillas” del escultor Alejandro Colunga, donde más que la erosión de la naturaleza, se registra un claro vandalismo ya que partes completas han sido removidas, como es el caso de los pies de una silla denominada el pulpo, cuyas patas lucen incompletas y rotas.
El caminar el malecón entre el sonido de las olas, las primeras luces de la mañana, el trotar de los corredores, de la gente que trae a sus mascotas a la playa, o los otros que prefieren salir en bicicleta, se convierte en un todo armónico, en donde no están claramente especificadas las áreas de bicicletas, con mascotas o carriolas, todos pasan, sin atropellarse.
Y el ruido del mar solo es interrumpido por el repique de las campanas de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe que llaman a la primera misa del domingo, allá a lo lejos se escuchan otras campanas son la de la iglesia de Nuestra Señora del Refugio, los lugareños y turistas arrecian el paso para llegar a la celebración de la eucaristía.
Mientras tanto los novatos pescadores tiran y tiran el anzuelo sin atrapar ni una trucha, porque no tienen la paciencia de saber esperar a que pique un toro al menos que les sirva para hacer un buen caldo de pescado.











