La marcha de don Juan que encendió conciencias

Por Miguel Ángel Ocaña Reyes/Puerto Vallarta/Nota y fotos

El sol de esta mañana de miércoles no daba tregua. A las diez en punto, el termómetro ya rondaba los 32 grados centígrados y la humedad, cercana al 79 por ciento, convertía el aire en una espesa cobija que se pegaba a la piel. Pero ni el calor sofocante, ni la sensación térmica de 44 grados, fueron suficientes para enfriar el ánimo de los cerca de medio centenar de personas que se dieron cita en el parque frente a la Unidad Municipal Administrativa (UMA) de Puerto Vallarta.

No era una manifestación más. Era la voz de quienes han visto cómo la confianza se convierte en traición y el amor filial, en despojo. Era la lucha de Don Juan.

El hombre de 87 años, de cabello blanco, postrado en su silla de ruedas, con la mirada aún firme, y con la dignidad de quien ha perdido un hogar de 50 años, pero no la esperanza, llegó arropado por sus amigos, vecinos y familiares leales. Don Juan, quien fue desalojado de su propia casa en un proceso legal que ha sido calificado como “cuestionable” y que involucra a su propia hija, yerno y nieta, se convirtió esta mañana en el símbolo de una batalla que trasciende lo personal: es la lucha de todos los adultos mayores que temen ser despojados por aquellos a quienes un día heredaron su confianza.

La concentración en el parque de la UMA tuvo un momento cumbre cuando el diputado federal Bruno Blancas Mercado hizo acto de presencia. No llegó solo; llegó con un compromiso. De manos del propio Don Juan recibió una propuesta de iniciativa de ley que, de ser aprobada, blindaría a los adultos mayores contra donaciones maliciosas, fraudes y despojos. El diputado escuchó atento los testimonios de otras personas mayores que se acercaron para compartirle sus miedos: algunos ya habían sufrido intentos de despojo, otros temían ser los próximos.

El acto de entrega fue breve pero simbólico. Don Juan estampó su firma en la propuesta, como quien pone el corazón en un papel. Luego, el diputado se despidió con la promesa de iniciar las mesas de trabajo con especialistas y sociedad civil presentar la iniciativa en el Congreso de la Unión en aproximadamente una semana. Pero la energía del momento ya no cabía en el parque.

Cerca de las once de la mañana, el sol se había vuelto implacable y el asfalto de la avenida México comenzaba a brillar con el reflejo de una jornada que apenas empezaba. Sin importarles el sudor que corría por sus frentes o el calor que distorsionaba el horizonte, los asistentes tomaron la calle. Al frente, Don Juan avanzaba con la lentitud de quien ha caminado muchas batallas, pero con la determinación de quien no piensa rendirse. Lo acompañaban sus seres queridos y un grupo diverso de ciudadanos: jóvenes con pancartas, madres con carriolas, vecinos de la tercera edad, todos unidos por una misma causa.

–”¡Justicia para Don Juan!”, coreaban mientras la columna avanzaba. Los automóviles que circulaban por la avenida hacían sonar sus cláxones en señal de apoyo, y los transeúntes se detenían a observar, algunos con curiosidad, otros con admiración, y muchos con el mismo miedo callado que los había llevado a no denunciar. Las arengas no solo pedían la devolución de la casa, sino que señalaban directamente a los responsables: “¡Familia, no significa lealtad!”, gritaban, en un eco que resonaba con la amargura de quienes han visto cómo la sangre no siempre pesa más que el dinero.

–”No queremos terminar en un asilo por culpa de nuestros hijos”, comentó una señora de cabello cano, con los ojos humedecidos, mientras caminaba junto al contingente. –”Yo le di todo a mi hijo y hoy tengo miedo de quedarme en la calle. Esto que le pasó a Don Juan nos puede pasar a cualquiera”.

La marcha, que duró aproximadamente media hora, avanzó como una serpiente de esperanza entre el tráfico vallartense. La escolta de la policía municipal se limitaba a resguardar el paso, conscientes de que no había violencia en estas voces, solo el eco de una injusticia que pide ser reparada.

Finalmente, el contingente hizo alto frente a las instalaciones de la Fiscalía del Estado de Jalisco, en el cruce de las avenidas México y avenida Las Palmas. Allí, bajo el sol que ya quemaba la nuca de todos, los manifestantes se congregaron para alzar sus últimas arengas. Don Juan, con la voz entrecortada pero firme, tomó la palabra:

–”Gracias a todos por estar aquí. No peleo solo por mi casa, peleo para que ningún adulto mayor pase por lo que yo he pasado. Que mis nietos y mis hijos no olviden que lo que hoy le hacen a su padre, mañana se lo pueden hacer a ellos”.

El aplauso fue generalizado. Algunos no pudieron contener la emoción. Otros, como Don Juan, se mostraron cansados pero satisfechos, dejando ver un orgullo mezclado con el sudor de una mañana que quedará grabada en la memoria de Puerto Vallarta.

La manifestación concluyó cerca del mediodía, pero el eco de sus demandas sigue sonando en las calles. La “Ley Don Juan” ya es más que una promesa; es el germen de un cambio que, como el sol de esa mañana, promete no dar tregua hasta que la justicia ilumine a quienes más lo necesitan.

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